Hace algunos años cuando comencé en mi actual trabajo conocí a una persona que desde un principio me impactó por su fuerte personalidad. Era una mujer alta, alrededor de 40 años, con una imagen que proyectaba seguridad y carácter fuerte pero también buen sentido del humor.
Cuando era “el nuevo”, tuvo la hospitalidad de invitarme un par de veces a sentarme en su mesa, en el restaurante donde solíamos comer los empleados. Con el tiempo supe que ella libraba una fuerte batalla contra el cáncer y por ello varias veces sentí el deseo de hablarle de mi amor y fe en Jesús pero nunca me di la oportunidad de hacerlo.
Sabía que era una mujer inteligente y algunas veces me atreví a llamarla para pedirle ayuda cuando había algo del trabajo que me costaba hacer o entender. Siempre me apoyó.
Un día supe que estaba dejando su puesto para ser transferida a otro que implicaba responsabilidades diferentes. Inmediatamente me gustó la idea de competir por el lugar que ella dejaba. Era un gran reto no solo por el alto perfil profesional que ese puesto requería sino también por el elevado nivel de desempeño que ella dejaba como antecedente. Concursé, hice el examen, después la entrevista. Tengo que confesar que me preocupaba el hecho de pensar que ella estaría en el comité que me entrevistaría. Ya una vez la había enfrentado en la misma situación cuando concursé para otro puesto y recordaba que había sido estricta e impersonal, ahora se que simplemente fue profesional, como siempre.
Para mi sorpresa, esta nueva entrevista fue muy diferente a la anterior. Sentía la calidez de su mirada y hasta una que otra sonrisa tranquilizante cuando escuchaba mis respuestas. Dios arregló todo para que yo ganara el puesto y poco tiempo después estaba sentado en la que había sido la oficina de esa persona y ella se convirtió en uno de los clientes a quienes yo le daba servicio. En todo momento me ofreció y me dio su apoyo y consejo; teníamos una relación amistosa y muy agradable.
Hace unas semanas se puso mal. Estuvo en el hospital por varios días y una mañana por fin regreso a la oficina. La vi y solo le dije “Hola, welcome back”; le di un pequeño golpe en el hombro pero ni siquiera la miré a los ojos. Esa fue la última vez que la vi; tuvo que regresar al hospital por un par de semanas y esta mañana recibí la noticia de su fallecimiento.
Sabes, una vez quise darle un libro y no lo hice, pensé hacerlo "después"; pensé regalarle música especial y tampoco lo hice; sabía que debía orar con ella e invitarla a recibir a Jesús en su corazón y nunca lo hice. Hoy ya no puedo hacerlo porque ella se fue.
Te comparto esto porque no me gustaría que te pase lo mismo. Si sabes que debes hacer o decirle algo a alguien, solo hazlo! No importa si es solamente un “gracias”, un “me caes muy bien” o un “te amo”. Hazlo hoy mismo, no sabes si mañana simplemente ya no sea posible.
Te invito a escuchar esta canción.
Dios te bendiga.
Cuando era “el nuevo”, tuvo la hospitalidad de invitarme un par de veces a sentarme en su mesa, en el restaurante donde solíamos comer los empleados. Con el tiempo supe que ella libraba una fuerte batalla contra el cáncer y por ello varias veces sentí el deseo de hablarle de mi amor y fe en Jesús pero nunca me di la oportunidad de hacerlo.
Sabía que era una mujer inteligente y algunas veces me atreví a llamarla para pedirle ayuda cuando había algo del trabajo que me costaba hacer o entender. Siempre me apoyó.
Un día supe que estaba dejando su puesto para ser transferida a otro que implicaba responsabilidades diferentes. Inmediatamente me gustó la idea de competir por el lugar que ella dejaba. Era un gran reto no solo por el alto perfil profesional que ese puesto requería sino también por el elevado nivel de desempeño que ella dejaba como antecedente. Concursé, hice el examen, después la entrevista. Tengo que confesar que me preocupaba el hecho de pensar que ella estaría en el comité que me entrevistaría. Ya una vez la había enfrentado en la misma situación cuando concursé para otro puesto y recordaba que había sido estricta e impersonal, ahora se que simplemente fue profesional, como siempre.
Para mi sorpresa, esta nueva entrevista fue muy diferente a la anterior. Sentía la calidez de su mirada y hasta una que otra sonrisa tranquilizante cuando escuchaba mis respuestas. Dios arregló todo para que yo ganara el puesto y poco tiempo después estaba sentado en la que había sido la oficina de esa persona y ella se convirtió en uno de los clientes a quienes yo le daba servicio. En todo momento me ofreció y me dio su apoyo y consejo; teníamos una relación amistosa y muy agradable.
Hace unas semanas se puso mal. Estuvo en el hospital por varios días y una mañana por fin regreso a la oficina. La vi y solo le dije “Hola, welcome back”; le di un pequeño golpe en el hombro pero ni siquiera la miré a los ojos. Esa fue la última vez que la vi; tuvo que regresar al hospital por un par de semanas y esta mañana recibí la noticia de su fallecimiento.
Sabes, una vez quise darle un libro y no lo hice, pensé hacerlo "después"; pensé regalarle música especial y tampoco lo hice; sabía que debía orar con ella e invitarla a recibir a Jesús en su corazón y nunca lo hice. Hoy ya no puedo hacerlo porque ella se fue.
Te comparto esto porque no me gustaría que te pase lo mismo. Si sabes que debes hacer o decirle algo a alguien, solo hazlo! No importa si es solamente un “gracias”, un “me caes muy bien” o un “te amo”. Hazlo hoy mismo, no sabes si mañana simplemente ya no sea posible.
Te invito a escuchar esta canción.
Dios te bendiga.
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